CAPITULACIONES SOBRE EL CASTILLO DE CONSTANTINA.Sección Nobleza Archivo Histórico Nacional, 1.2 Ducado de Arcos

TULACIONES SOBRE EL CASTILLO DE CONSTANTINA. AÑO 1477

Sección Nobleza del Archivo Histórico Nacional, 1.2 Ducado de Arcos (marquesado de Cádiz)

EN ESTOS LEGAJOS QUE HOY DISPONEMOS, SE PUEDEN APRECIAR LAS CAPITULACIONES ENTRE LOS REYES CATOLICOS Y EL DUQUE DE ARCOS (MARQUES DE CADIZ), EN LAS QUE EL CASTILLO DE CONSTANTINA PASA A MANOS DE DICHO DUQUE.

A TENER EN CUENTA UN APELLIDO QUE APARECE: PORTOCARRERO. A LO LARGO DE LA HISTORIA NOS VA A APARECER EN MUY DIFERENTES PUESTOS EN NUESTRO PUEBLO.

ESPERO QUE DISFRUTEN.

 

Una de las demostraciones más evidentes de capacidad política por parte de los Reyes Católicos es sin duda la habilidad con que rescataron fidelidades dudosas – cuando no actitudes abiertamente hostiles – durante los comprometidos momentos de la guerra de sucesión castellana que siguió a la entronización de Isabel. La conformación de bandos, surgidos en buen número de ciudades al calor de las convulsas postrimerías del reinado de Enrique IV, predispuso a muchos nobles a seguir el partido isabelino o el juanista, en función de las alianzas preestablecidas

Ejemplo claro de ello lo encontramos en el antiguo reino de Sevilla, donde desde finales del siglo XIV habían aflorado con cierta periodicidad los enfrentamientos entre las grandes casas nobiliarias de Arcos y Medina Sidonia ; enemistad que desembocó en guerra abierta entre 1471 y 1474

Si el duque de Medina Sidonia representaba el más sólido apoyo de la princesa Isabel en Andalucía, el conde de Arcos y marqués de Cádiz se vinculó estrechamente a los intereses de su suegro, don Juan Pacheco, lo cual lo abocaba al partido de Juana. El 27 de diciembre de 1474 el propio Alfonso V de Portugal le escribía solicitando su apoyo a la causa de la hija del rey difunto. Mientras tanto, en su condición de capitán general de Andalucía, Isabel y Fernando confiaron al duque de Medina Sidonia la guerra contra Portugal en el sur.

La opción política del marqués de Cádiz no sólo obedecía a criterios legitimistas o de coherencia con su pasado inmediato, sino también al interés por mantener la amistad con Portugal y Génova, potencias hostiles a los Reyes Católicos cuya alianza resultaba indispensable para la supervivencia comercial de Cádiz y, por ende, para la prosperidad de la hacienda señorial.  Sin embargo, la apuesta del marqués estaba condenada al fracaso. No extraña que poco después de la batalla de Toro, Rodrigo prestase pleitesía a Isabel y Fernando.

Rodrigo Ponce de León es presentado como aliado fiel del marqués de Villena, acudiendo a su llamamiento para recuperar la villa de Alcaraz, que se había entregado a Isabel y Fernando

Más tarde, tras la toma de Zamora por los reyes, cuenta Palencia cómo el marqués de Villena “procuró avistarse con el marqués de Cádiz en Estepa, por creerse que un mismo interés le ligaba con el de don Rodrigo Ponce de Léon, marido de doña Leonor [sic por Beatriz], hermana del de Villena, y dueño de Jerez, Alcalá de Guadaíra y Constantina, del territorio de Sevilla”. No en vano, “el referido don Rodrigo había tenido poco antes una entrevista en San Martín de la Sierra con los alcaides de las fortalezas de Andalucía enemigos de don Fernando y, como consecuencia de ella, se mostró luego más activo en fortificarlas y proveerlas de guarnición”

No hay, sin embargo, suficientes datos acerca de lo que al cabo se acordó en las entrevistas del marqués con don Rodrigo Girón. Lo que sí se vio claramente de seguida fue el extraordinario afán del primero por fortificar el castillo de Jerez, demoliendo las viviendas contiguas ; aprovisionar Alcalá de Guadaíra y Constantina ; buscar nuevos caminos para pactar alianza con los montañeses granadinos ; ganarse la amistad del rey.

Este peculiar rasgo de los nobles sevillanos se convierte, a juicio de Palencia, en un peligro al entrar en escena la reina Isabel. Según el cronista – que utiliza aquí un socorrido y anónimo plural –, “censuraban también a la reina por pretender con resolución femenil excluir del gobierno de ciudades y villas a los grandes andaluces”, pues “a locura podría atribuírsele si juzgaba fácil excluir de Sevilla al duque de Medina Sidonia ; de Jerez al marqués ; de Córdoba a don Alfonso de Aguilar ; de Écija a don Luis Portocarrero, y de Carmona a don Luis de Godoy”.

17Palencia pone en boca de Rodrigo Ponce de León explicaciones sobre la usurpación de las fortalezas sevillanas de Alcalá de Guadaíra y de Constantina, o de la ciudad de Jerez, que sirven al cronista para cuestionar la lealtad del duque de Medina Sidonia hacia el rey Católico. Pero sobre todo, alude a los lazos existentes entre los antecesores de Rodrigo en el condado de Arcos y los reyes de Aragón. De nuevo es la persona del rey la que proporciona – directa o indirectamente – argumentos para la reconciliación, pues el marqués “estaba pronto a obrar cual convenía a un súbdito leal, y a nadie cedería en celo por cumplir cuanto le ordenasen, una vez convencido de haberle alcanzado su arrepentimiento el perdón de los yerros pasados a que le había arrastrado la condición de los tiempos”

El parlamento final del marqués zanja la cuestión. Rodrigo acepta gustoso desprenderse de los castillos (“Plázeme de entregar luego aquellas fortalezas que mandáys”) e incluso considera un favor el arbitraje regio (“téngovos, señora, en merced señalada, que os plega entender en estos debates”). ¿Cabe mayor cortesía ? Su discurso intenta hábilmente poner de manifiesto la culpabilidad del duque, cuyo deseo de “señorear” la ciudad de Sevilla es la causa de que “ni vos [Isabel], que soys señora, uséys de vuestro señorío, ni el cavallero que es natural goze en ella de su naturaleza”. Como expresión de sometimiento y, a la vez, testimonio de inocencia, acepta ser castigado como “malo e desleal súbdito” si la reina encontrase pruebas de su colaboración con los portugueses. Se excusa, eso sí, de no haber servido a su lado “como devía e yo deseaua”, pero de nuevo culpa de ello a don Enrique de Guzmán y a las “guerras grandes que por parte del duque me eran fechas”

Por supuesto, los reyes ni siquiera tienen que reclamar las plazas ocupadas, ya que es el propio Rodrigo quien se las ofrece :

 

E allí el marqués les dio las llaves de Xerez, Alcalá y Costantina, y les suplicó las fuesen a tomar ; que él allí las tenía a su servicio, e muy más fornidas e fortalecidas y fabricadas las fortalezas de lo que las avía recebido. E de aquí pusieron el rey e la reina mucho amor en el marqués por ver su tan noble liberalidad, lealtad y confianza ; porque, por dicho de algunas personas, no creían Sus Altezas que tan franca e liberalmente se oviera. E confirmárole a Cáliz, e metiéronlo en su amistad, consejo y secretos, y diérole muchas gracias por el tan señalado servicio como les fazía. E ovieron allí mucho gozo e placer aquella noche con él.

Si hasta la entrevista de los reyes con el marqués se había mantenido la tensión bélica entre Rodrigo y el duque de Medina Sidonia, a partir de entonces, con ambos personajes al servicio incondicional de los monarcas, la competencia mutua se traslada al ámbito de la cortesía.

El 10 de septiembre de aquel año de 1477, ante la reina Isabel, el duque de Medina Sidonia había accedido a entregar el alcázar hispalense, la aledaña puerta de Jerez y el castillo de Triana, así como todas las fortalezas sevillanas cuya tenencia disfrutaba. A cambio, los reyes se comprometieron a recuperar en el plazo de seis meses los lugares usurpados ilícitamente por el marqués de Cádiz : Jerez de la Frontera, Constantina y Alcalá de Guadaíra. El 2 de noviembre, durante la visita real a Jerez, firmaron con el marqués las capitulaciones para la entrega de las plazas ocupadas. A tal efecto, se dispuso un sistema de tercerías en el que las fortalezas quedaban durante dos meses en poder de “personas fiables”. En caso contrario, Constantina y Alcalá de Guadaíra retornarían al marqués de Cádiz. El articulado de las capitulaciones intenta evitar el trato de favor a don Enrique de Guzmán, que al fin y al cabo formaba parte del bando de los vencedores en la contienda sucesoria. Los reyes se aseguraban así el cumplimiento de lo estipulado con el marqués.

 

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